Garajes llenos de chulos tatuados.

Sonaba ColdPlay a demasiado volumen.Volvía, de noche, tarde, y sereno. La voz de Chris Martin se asociaba a los mejores momentos con “Ratón” y con los peores. Las sonrisas con mirada cristalina de amor incondicional y la soledad de su olor y aroma, pero sin miradas.

Como decía, volvía. Del Este. Tarde y sereno. Demasiado sereno. Había ido al cine. La había conocido hacía unos meses. Una noche de vuelos bajos y sin Norte. Ella había salido con “el maestro” y yo tras unos problemas, había retomado la noche con una amiga suya. Esa fue otra noche para recordar.

Conducir sereno y de noche me recordaba los viajes de casado. Y ahora estaba pensando en el fiasco de volver a casa calentado y con una sensación de “mayor, carca, triste, y frustrado”. Y recordando a la vez, la promesa que me hacían cinco minutos antes de “la próxima noche”

Ella era jovencita, demasiado jovencita.Después de aquella noche sin Norte, volví a verla unos meses mas tarde y algo paso que a mi me lleno la cabeza con ecos de otros sabores y ella se quedo con mi número de movil. El rencor de lo que pudo pasar y el resonar de mi cabeza no cesaban ni se diluían.

5.00 de la tarde.
-Colle e arranca para aquí. Tes que ir a recoller a tal en este sitio e á túa xa cho amañei eu. Só tes que ir a buscalas. …Eu non podo ir que teño a vena que me vai estoupar-

Un clásico. “el maestro” la lía y nos lía a todos. Quien no se va a apuntar. La cosa es que camino del Este yo me voy. Comunicaciones constantes, y todo sin arreglar Me voy a buscar a mi chica de ojos brillantes y sabroso decir, y no esta. Debí de dar tal aspecto de pulpo en garaje que otra chica se acerco y me pregunto a quien buscaba. Lo cual, no debía de ser nada anormal. Pero lo que si lo fue, es que esta chica si supiera quien era yo y me diera el teléfono de la jovencita.

Saliendo del garito, llamando camino de ninguna parte, y “_pase a buscarme que me apetese moxo verle”

Aquella noche se torno vagabunda, pues el maestro, corto las comunicaciones. La promesa de fiesta se esfumo y yo estaba en el coche con una hermosa chica de piel canela y rasgos orientales que no dejaba de sonreír y mirarme. Formulaba preguntas con distancia entre unas y otras, como si reflexionara con mis respuestas. Su voz estaba calmada y suave. A una hora prudente la deje en su casa, mirando a través del cristal de la puerta, aquellas piernas que me hacían despertar la imaginación.

Pasaron muchos meses, y del olor y el aroma de “Ratón” ya no quedaba mucho. Y estando en plena presentación de una campaña en Santiago. Sonó el tono “Bellissimo” de Ilya. Esas llamadas se cogen siempre, incluso cuando no se puede. Y al salir de la presentación, seguí hacia el Este.

Al llegar, y después de hacer todo tipo de conjeturas por el camino. Da la vuelta. Como me voy a poner. La vas a liar. Poner a Coldplay otra vez. Recordar a “Ratón” y derramar un par de lagrimas en el camino. Dar la vuelta. Y volver a dar vuelta. Descubro que ha quedado conmigo en un sucio bar regentado con una guapísima colombiana y un tipo “asqueroso” que me insiste en que pruebe unas cosas que me ofrece. Estoy casi en la cocina de este sitio y la familiaridad con la que me tratan. Me mosquea.

Va entrando la noche. Raciono lo que bebo. Y escucho cerca, en mi oído, cálida, una voz que me dice. Ya nos vamos papito, sierran aqui y nos vamos. Y a la vez noto un beso regalado que me deja ebrio de ganas de seducción y conquista.

Al salir, insiste en que nos vallamos a tomar unas copas. Y yo me alegro, por fin voy a dejar ese agujero. Me indica donde aparcar. Caminamos un par de esquinas y en un portal absolutamente de garaje, llama a un timbre minúsculo que juraría que era una “caca” pegada a la pared. Simultáneamente saluda a una cámara en la esquina del portalón.

“Joder” salimos de una para otra peor.

Antes de darme cuenta estoy en un cuarto de metro y medio por metro y medio y una ventana de diez por diez centímetros. No se oye nada. Y todo sucede a cámara lenta. Ella me mira, me besa como una niña ilusionada y suspira. Mira a los pies y al techo cogiéndome de la mano. Esperamos.

Suena el portero automático, y antes de que me recupere del sobresalto, me arrasa el estruendo de la música de aquel garaje. Cruzamos rápido, ella va delante, me lleva de la mano agarrándome fuerte. Hasta el final del local. Noto el silencio de los que están allí. Ella me besa y me presenta rápidamente a unos y otros. Y me toca. Y me besa una, y otra vez.

Así, continuo la noche. Rodeado de mujeres morenitas, con chulos tatuados, y mucho rudio latino. Ella iba quemando mis sueños y creando otros nuevos. Nunca creí que hubiese tantos garajes.

Al final, no me racione bien, con las copas. Pero quemamos hasta el último de los sueños que pudiera imaginar.