
Hace semanas que no llamo a mi madre.

Un segundo coche terminó de despertarme. Es en ese momento cuando reparo en que no se como he llegado a ese sitio, ni cual es.
Me recompongo en mi asiento; miro atrás y a los lados, intentado encontrar algún resquicio de qué ha hecho que yo este en este lugar, o cómo, o con quien he estado antes.
Tras unos minutos de meditación, resoplidos y frotarme la cabeza_ deshecho la opción de haber sido abducido.
Meto la primera y arranco con cuidado en la única dirección posible.
Mientras avanzo, retales de recuerdos me sobrevienen; y lentamente voy hilando las jornadas anteriores.
Era por la mañana cuando me dieron la habitación de un hotel pequeño de un pueblo de carretera. Después de acertar con la llave de la puerta, me desplomé tras ella. Arrastrado, conseguí llegar a la ducha, y allí me quede dormido.
Me despertó un sutil sollozo. Y cuando ya no soporté más su sonido y la resaca se abrió paso sobre la ebriedad, busqué el origen de aquel lamento con la oreja por las paredes.
Allí, tirado en el suelo con la oreja pegada, me fui haciendo mi imagen de la habitación contigua.
Ella lloraba y susurraba, como una niña pequeña. Sollozaba y se ahogaba en su llanto. Me concentré en aquellos lamentos hasta que percibí el sonido de las lágrimas caer en el suelo. Un quejido de despecho asolaba aquella vocecilla, que se culpaba a si misma de sus males: de su huida; de la falta de rumbo y recursos en su decisión premeditada, de su amor incondicional y de todo lo aportado, de los consejos gratuitos, de su desengaño.
Ajeno al objeto, o sujeto que causaba aquel llanto, sentí la necesidad de arropar aquel montoncillo de penas. Pero la borrachera me consumía de nuevo.
Ebrio, oliendo mis dedos, recordaba a mi madre. A mi mujer. Y a la puta de la noche anterior.
Vivir al lado de un personaje que te ha engañado toda la vida, que te ha racionado el dinero, que no te ha dejado relacionarte con tus vecinos o amigos de la infancia. Que con los años te ha abandonado y te echado a la calle a cambio de otra veinticinco años más joven. Tener ganas de vivir, y poder buena cara después de esto. Me hunde no poder aportar más a su vida.
Se ha gastado más de tres mil euros al mes los últimos seis, y me dice que las cosas no van bien y que no pueden seguir así. Sigue viviendo en la casa a la que no voy pero pago y mantengo. Vernos es discutir, pero siento inmenso amor por ella. Verla es un dolor desgarrador. Estos encuentros terminan irremediablemente en la cama e inmediatamente detrás del ardor, surge el rencor.
No debe tener más de diecisiete años. Solo me fijé en sus botas, pero desnuda es impresionante. Y muy guapa. La lujuria me consume, pero la curiosidad no me deja parar de interrogarla. Cuanto más me cuenta de su vida, más ternura me despierta y solo me apetece abrazarla_ o quizás que ella me abrace a mi. Rebusco en el móvil y allí esta su teléfono_ -Lo tengo!
Hace semanas que no llamo a mi madre. Días que no hablo con mi mujer y horas que me frotaba con una niña. Tengo una irrefrenable necesidad de estar con las tres ahora, pero sigo alcoholizado y babeado en el piso de un hotel.
Me despertó el silencio de la noche. Ya no oigo llantos por más que me concentro. No recuerdo que quería decirles, pero era lindo.








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